Todos los gurises son nuestros

Por Martín Acevedo

El Régimen Penal Juvenil goza de amplia aprobación en nuestra sociedad. Argentinos de distintas extracciones sociales y orientaciones partidarias concuerdan en que los menores que cometen delitos sean sometidos a juicio y, eventualmente, castigados con cárcel. Más allá de este marco legal, quizá podríamos pensar qué hacemos los adultos en nuestro vínculo con los niños y adolescentes. 

Discurrir sobre las causas materiales, sociales y culturales que llevan a un gurí a delinquir puede exceder estas líneas, pero sí podemos preguntar si quienes gozamos de cierto bienestar estamos habilitados moralmente para juzgar a un chico que sufrió la marginación y la expulsión de un sistema que debía contenerlo. En estos últimos días, como ocurre de forma recurrente, el aparato comunicativo hegemónico se ensañó con jóvenes involucrados en hechos de inseguridad. Señores y señoras con ropa de diseñador, que duermen cómodos en las zonas más exclusivas del país y cobran salarios que para la mayoría no son más que una quimera, se rasgan las vestiduras ante pibes que viven sin sus necesidades básicas satisfechas, que están en el centro de una fractura social que rompe sus vínculos familiares, que no encuentran contención siquiera en la escuela, que hoy sufre el expolio orquestado por quienes financian la opulencia de unos pocos, entre ellos, estos voceros del capital concentrado.

De todas maneras, si la responsabilidad es colectiva, es preciso que nos interroguemos sobre nuestras prácticas. Debemos preguntarnos cómo nos vinculamos con las siguientes generaciones. ¿Nos pensamos más allá de nuestra individualidad? ¿Entendemos que todos somos responsables por los gurises?

Vivimos en una época signada por el extremo individualismo y por la superficialidad. No miramos a los jóvenes porque sería asumir nuestra responsabilidad en el cuidado y en el traspaso intergeneracional de los valores culturales. Preferimos seguir aislados en nuestras burbujas de disfrute permanente. En esta actualidad, tal como explicó Zygmunt Bauman, los problemas sociales son presentados como fracasos individuales, aunque sólo puedan enfrentarse de manera colectiva. Es así que nos preservamos inocentes, porque atribuimos exclusivamente a los jóvenes las consecuencias de un abandono en el que participó toda la sociedad.

El algoritmo, que formatea nuestra manera de ver la realidad en un grado mayor que aquel en que otrora lo hicieron los medios masivos, nos lleva a vivir en un mundo virtual en el que sólo interactuamos con semejantes, que confirma nuestros prejuicios y que nos propone una cultura del disfrute constante. En este contexto de fotos perfectas y risas extáticas, la aparición de un joven carenciado tiene un efecto revulsivo que, en vez de espabilarnos sobre nuestro presente, nos lleva a negarlo como un igual, a verlo como alguien que pertenece a otro mundo que debe ser castigado, penalizado. El dolor no tiene lugar en un universo homogéneo, encerrado en un interminable círculo del yo. Estas redes no nos conectan, nos aprisionan porque no dan lugar a la alteridad, mucho menos si cuestiona nuestra posición moral.

Las usinas del sentido común prefieren mantenernos, simbólica y materialmente, lejos de los otros que sufren. Sí, nos dan imágenes. Pero no profundizan en sus historias. Optan por recortes tendientes a la indignación. Sencillamente, porque esta emoción no es discordante con el disfrute. Indignarnos desde la comodidad no nos moviliza, no nos lleva siquiera a la protesta. Ocurre algo muy similar a cuando se da una limosna, se lavan las culpas. Se convierte entonces en otra de las mercancías comunicacionales de hoy. Y, sobre todo, nos mantiene lejos e irresponsables.

Esta aparente inocencia también nos preserva de lo atroz, pero es nuestra responsabilidad, no ya individual sino como especie, tender puentes hacia los jóvenes que hoy padecen algo más que la exclusión, la total indiferencia por parte de los adultos. Acercarnos a ellos, escuchar sus historias, reconocer las violencias que atravesaron y brindarles el cuidado que no tuvieron nos obligaría a revisar la imagen tranquilizadora que construimos de nosotros mismos. Etiquetarlos como delincuentes, borrar sus rasgos individuales, convertirlos en estereotipos, nos exime del encuentro. Sin embargo, nos guste o no, tienen caras y, en ellas, ojos que nos interrogan. ¿Por qué los dejamos solos? Los gurises tienen hambre, frío y, cuando no están tratando de sobrevivir, sueños. Son personas. 

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